Esa tarde fue estupenda, tu algo mala y haciendo un trabajo, yo deseando verte y hablar contigo porque tenía mil cosas que contarte, y las dos planeando un lugar para vernos. Al final, acabamos en casa de tu abuela,calentitas, porque en la calle hacía mucho frío.
Comenzamos a hablar de historias y de buenos recuerdos, de risas, de lágrimas y sin darnos cuenta nos dejamos llevar por la confianza y acabamos desvelando nuestros más íntimos secretos la una a la otra. A mí no me importó en absoluto, confío demasiado en tí como para pensar que puedes decírselo a alguien y sonreí para mis adentros, disfrutando de una velada agradable con una amiga especial.
Sólo me preguntaba una cosa: ¿No te aburres de escucharme? y tú siempre respondías lo mismo: No me aburres y las amigas están para escuchar, y yo seguía con el relato de mi vida a la vez que escuchábamos de fondo el ruido del televisor.
No sé por qué y cómo hemos llegado a sentirnos tan amigas, ni cuando comenzó todo esto porque, simplemente, no me importa. Me siento cómoda a tu lado, libre de supersticiones, puedo ser yo misma y disfruto escuchando tus cosas.
Al día siguiente, me dijiste que te había encantado la tarde y que había que repetir y yo estoy de acuerdo, pero la próxima con un chocolate caliente.
Gracias por abrirme tu corazón y por dejar que yo abra el mío.
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