Amaneció tiernamente en medio de las extensas montañas que protegían el pequeño pueblo de Barriopalacio, el sol apenas rozaba el cielo y su luz era cálida. El verano empezaba a ser acogedor y fresco.
Yo había despertado antes del amanecer sólo por el lujo de tomarme un cortado bien caliente, ya que al salir el sol, haría demasiado calor para tomar algo tibio. Miraba a través de la ventana mientras contemplaba el hermoso paisaje que me rodeaba y pensaba en lo feliz que me hacía aquel lugar.
Lo tenía todo, unas montañas exquisitas aún por recorrer, una brisa veraniega con olor a mar, un recorrido de dos kilómetros para llegar a la playa y unas casitas de campo apropiadas para cada época del año. Con sus grandes ventanales cubiertos de vidrieras y sus preciosos tejados rojos.
Aquel lugar sólo transmitía paz y tranquilidad y yo era inmensamente feliz.
No podía pedir más, tenía una familia numerosa que me adoraba, unos amigos que admiraba porque jamás habían dejado que me invadiera la soledad, un novio demasiado encantador, una casa perfecta, un trabajo que me hacía sentir completa, una salud magnífica y no me faltaba amor.
¿Quién podría quejarse viviendo así? Era libre, podía hacer cualquier cosa, no sufría derrumbamientos porque sabía valorar lo que me presentaba la vida, era afortunada porque podía correr y respirar aire limpio, aprendí a disfrutar de cada momento como si fuera el último y no tenía necesidad de cubrir caprichos porque estaba llena.
Nada me ataba a una cama ni a una máquina de hospital. Era muy afortunada.
Era y soy feliz.
P.D: La serie de "Pulsera Rojas" me ha inspirado y me ha dado razones para escribir este pequeño relato. Seguramente, la mayoría de ustedes la vean o han visto su publicidad, por ello, la recomiendo porque a mi me ha hecho pensar y recapacitar en muchos aspectos.
No tenemos derecho a quejarnos, somos demasiado privilegiados.













