Nos encontramos en un combate de miradas, la más pura, la más profunda, ¿cuál ganará? Llevamos horas uno frente al otro, observándonos, sin dirigirnos una sola palabra, sólo dirigiéndonos miradas. Sonríes de vez en cuando, haciendo que me ruborice y aparte la cara, pero yo no te dejo ganar y te someto a miradas llenas de picardía. Puedo leer tus pensamientos y tus emociones a través de tus ojos, son la puerta del alma, sé cuando estás alegre o triste, sólo me hace falta mirarte.
Seguimos frente a frente, sin cansarnos, casi sin pestañear, es muy divertido ver como sonríes mientras intento respirar despacio, con calma, para no perder el control de la situación. Pero en un segundo, de repente, dejo de mirarte y atrapo tu cara entre mis manos. Me acerco despacito y te beso, un beso ligero, flotando en el aire. Tú pierdes la concentración y te rindes, vuelves a besarme pero esta vez con un abrazo, un precioso abrazo. Vuelvo a mirarte a los ojos y sonriendo te digo:
- ¡He ganado yo!
Y te ríes, y vuelves a besarme y nos sentamos juntos a contemplar la luna que ha salido sin darnos cuenta.

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