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sábado, 19 de mayo de 2012

Un día de lluvia

Era un día cálido para ser abril, las flores teñían de colores las praderas y el canto de los pájaros hacía la estancia en aquel banco muy agradable. Yo estaba concentrada en un libro muy interesante que había robado mi atención durante los tres últimos días y no tenía otra cosa en la cabeza que no fuera leer y leer.
 Me levanté del banco y me acosté en la hierba húmeda de aquel enorme campo, donde los rayos de sol rozaban mi piel aportándole color. Me encontraba tan sumida en mi historia que ni siquiera percibí como iba cayendo la tarde y el sol desaparecía detrás de la montaña, así que me levanté, cerré mi libro y comencé a caminar descalza. Sin saber como, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo se apagó y se llenó de unas gordas y oscuras nubes de las que empezó a caer abudante agua; yo no llevaba un paragüas conmigo porque el día había amanecido bueno así que me empapé en pocos segundos.
Conseguí llegar a un árbol frondoso que cubría un poco, decidí que me quedaría allí hasta que cesara la lluvia para poder llegar a mi casa pero debería llamar antes para decir que no volvería hasta tarde si no se preocuparían.
Cuando terminé la llamada me percaté de que alguien me observaba y comencé a gritar la estúpida expresión de "¿Quién está ahí?", debido al agüacero, el campo se había quedado sombrío y deshabitado y ya eran más de las ocho. Mi cuerpo se tensó de repente y no puede evitar comenzar a temblar, más de miedo que de frío. Y aparecieron esos ojos, grandes y verdes, llenos de brillo e iluminados como el sol, deslumbrantes. De mi garganta salió un pequeño chillido y me golpeé contra el árbol, pero no llegué a caer porque él sujeto mi brazo.
- Suéltame, por favor.
- No quería que cayeras.
- Pues gracias por la ayuda, pero suéltame. No tengo nada, no me hagas daño.
- No quiero hacerte daño.
- Entonces, ¿por qué estabas tan cerca?
- Porque está lloviendo mucho y yo si tengo paragüas pero tú no. Sólo pretendía que no te mojaras.
- Pues antes de asustarme podrías habérmelo dicho.
- Intentaste escapar antes de poder decirlo.
- Eso no es una excusa.
- Yo creo que sí.
- Bueno, como quieras. Ya ha dejado de llover así que muchas gracias pero me marcho a casa.
- ¿No dejas que te acompañe?
- No, claro que no, no te conozco. ¿Y si mientes?
- Si estuviese mintiendo ya te hubiera dañado.
Abrí la boca para contestar pero me dí cuenta de que tenía razón así que dejé que caminara a mi lado sin acercarse mucho mientras íbamos hablando. Mi casa estaba a unos cinco kilómetros de aquel prado así que tuvimos tiempo para charlar, se disculpó dos veces más por haberme asustado pero le quité importancia. Ahora me sentía segura, protegida; era una sensación extraña porque, al fin y al cabo, él era un desconocido pero hacía que me sintiese bien. Comencé a observarle detenidamente las facciones de la cara. Tenía unos ojos bastante grandes, su nariz tenía un corte perfecto, no era ni demasiado grande ni demasidado pequeña; sus labios eran finos como el papel y rosados. Tenía un pelo castaño y rizado que lo hacía más juvenil. Yo no le echaba más de diecinueve años, no estaba nada mal. Cuando se dió cuenta de que mantenía mi mirada puesta en él, se giró veloz, agarró mi cintura y se acercó a mi cara. Mi corazón dió un vuelco, latía a mil por hora y sentí como mis mejillas se ruborizaban, ahora no tenía miedo a que me hiciese daño sino miedo a que desapareciera de repente.
- ¿No piensas correr?
- No....
- ¿No me temes ahora cuando de verdad deberías hacerlo?
- No...
- No lo comprendo. Te asustas cuando aparezco de repente pero no cuando te sujeto.
- Seré amiga del peligro.
- Puede ser, pero no creo que sea eso.
- ¿Ah no?...pues, ¿qué es entonces?
- Que te caigo bien o ¿me equivoco?
- Tienes el autoestima perfecto, ¿verdad?
- No imaginas cuanto.
Despacio volvió a soltarme, se alejó unos cuantos centímetros de mí y centró su mirada en mí hasta que llegamos a mi casa. Frente a la puerta, sacó una flor del bolsillo, algo marchita por la fuerza de la lluvia pero de un color azul brillante. No sabía que contestar, si dar las gracias o simplemente abrir la puerta y desaparecer, pero el atrapó la iniciativa.
- ¿Volveré a verte?
- No lo sé
- Te quedarás con la flor
- Si, es muy bonita
- Pues entonces volveré a verte.
- ¿Por....
Antes de que pudiera terminar la frase desapareció, si así de rápido, ¡zas! como el viento, sin hacerse notar. Mis rodillas temblaron y caí al suelo, me quedé durante un par de minutos allí, apoyada en ella, observando la flor. Su imagen iba y venía de mi mente. Sentía escalofríos que recorrían mi médula espinal de arriba a abajo. Mi cuerpo lo necesitaba pero mi corazón lo sentía como si estuviese cerca.

2 comentarios:

Gracias ^^