Para siempre, que expresión tan difícil de definir. No creo que exista un para siempre en todos los sentidos, al menos, no en lo que a mí respecta. En muchos casos ese para siempre se convierte en un se deteriora y, sin darnos cuenta, todo cambia; nada es como antes.
Duele que se acaben la confianza y la sinceridad, que cueste contar los problemas, que nos sintamos desplazados y distintos. Aquello que pensabas que nunca acabaría, acaba o va acabando poco a poco y te sientes mal, aunque sabes que recuperarlo será complicado. Luchas por retenerlo pero no puedes porque, cuando te das cuenta de que ya no está, es tarde para recuperarlo y nadie puede retroceder en el tiempo.
Por mi cabeza navega una pregunta, ¿qué ocurre con la confianza?, como respuesta, solo veo que se apaga. No sólo sucede porque tú quieras sino porque también los demás lo permiten y se deshacen de lo que no les interesa o de lo que no les apetece seguir manteniendo. Y sí, duele pero hay que aceptarlo tal y como llega.
A mí me ha ocurrido, he tenido esa sensación, esa angustia de perder algo que lleva toda una vida conmigo pero que ha desaparecido; ya nada es lo mismo aunque se intente disimular; ya todo es incómodo aunque se intente aparentar que todo sigue igual; ya todo queda destruido; ya todo deja de tener significado; ya todo deja de existir. Y sigue doliendo.

