Febrero y sus mañanas llenas de cantos. Febrero y las tardes frías de películas y amigas. Febrero y él.
Febrero y una mañana brillante dentro de una extensa cocina haciendo un pastel. Él y yo nos encontrábamos en la cocina jugando con harina y mezclando ingredientes. Habíamos tenido la inoportuna ocurrencia de hacer un pastel y, más que centrarnos en eso, habíamos manchado toda la encimera. A pesar de eso, me sentía feliz, era un momento feliz porque lograba recordar las innumerables tardes que mi abuela y yo pasábamos en la cocina por el mismo motivo durante mi niñez.
Me perdí en mis pensamientos durante un segundo, dejé la masa que había enredado en mis dedos sujeta a la tabla de madera y me acerqué a la ventana. Él me siguió con la mirada. Me asomé y pude vislumbrar a los pequeños pájaros que cantaban posados en un árbol, el paisaje en aquel lugar era muy hermoso. Cantabria.
De repente sentí que algo golpeaba mi brazo, cuando volví en mí observé que en su mano había un puñado de harina y que en mi hombro había chocado otro. Eché a correr hacia la mesa y cogí otro puñado, lo tiré sobre su blusa y él me devolvió el golpe dándome en el estómago. Sin embargo, fue más veloz que yo, y antes de que pudiera coger otro había estampado la masa contra la mesa, por lo que la harina sopló en mi cara. Mi pelo y mi lado izquierdo quedaron llenos de ese espeso y blanco polvo, comencé a toser como una tonta a la vez que reía sin parar, y él se acercó a mí para ayudarme. Me acarició la mejilla y el pelo de una manera muy dulce, limpió un poco mis ojos y cuando quise darme cuenta estaba muy cerca de mí, casi podía sentir su respiración.
- ¿Qué pasaría si te besara ahora? - me susurró.
- No deberías...
Cogió mi cara entre sus manos y yo me dejé llevar, aún llena de harina y con media sonrisa.