Dicen que el tiempo y los errores cometidos hacen que nuestro corazón se enfríe y que nuestra mente madure, nos convertimos en personas más duras, más orgullosas y no tememos tanto a lo que antes no podíamos acercarnos. Cambiamos, maduramos, crecemos, como quieran llamarlo, nos convertimos en adultos, y los cambios suceden cuando menos lo esperamos. Nos critican y sólo son capaces de pronunciar "Has cambiado demasiado" y tú no puedes evitar decir "Me han enseñado a hacerlo". La vida te va enseñando a respirar profundamente mirando al frente y diciendo "Es hora de vivir la mía", te va enseñando a valorar los pequeños detalles y a no creerte menos que nadie. Es una actitud diferente, más dura pero diferente, una actitud a la que cuesta acostumbrarse porque sabes que sigues siendo tú pero de una forma distinta, ya nada es como antes. Momentos inolvidables, heridas que no terminan de curarse o que, cuando están terminando de cicatrizar, alguien vuelve a rasgarlas, todo esto nos enseña a cambiar, a ser más fuertes, a tirar del carro como si nuestra vida dependiera de ello.
Reflexionas, miras atrás y sólo puedes enterrar todo eso que te ayudó a volar, dándole las gracias pero advirtiéndole que no vuelva más, que te toca vivir el presente y el futuro, que el daño causado, atrás queda. Te conviertes en un ser fuerte, valiente, en ti misma. Te vuelcas en cosas más importantes, en cosas que realmente valen la pena y te sientes diferente.
A mí me ha costado aceptar este cambio, aprender que no siempre actuaré igual aunque la situación sea la misma, aprender que el tiempo pasa y las gente cambias, que las críticas son ciegas y que la madurez las deja a un lado.
Quizás me he vuelto mala, pero sólo pretendo ser feliz, aunque en un futuro pueda fallar.